jueves, 28 de junio de 2012

Martí

Paseaban el padre y el hijo por las calles floridas de La Habana, cuando se cruzaron con un señor flaquito, calvo, que caminaba como si estuviera llegando tarde.

Y el padre advirtió al hijo:
—Ojo con ése. Es blanco por fuera, pero por dentro es negro.
El hijo, Fernando Ortiz, tenía catorce años.

Tiempo después, Fernando iba a ser el hombre que supo rescatar, contra siglos de negación racista, las ocultas raíces negras de la cubanía.

Y aquel peligroso señor, el flaquito, el calvo, el que caminaba como si estuviera llegando tarde, se llamaba José Martí. Era hijo de españoles el más cubano de los cubanos, el que denunció:

—Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.

Y repudió la falsa erudición llamada Civilización, y exigió:

—Basta de togas y de charreteras.

y comprobó:

—Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.

Poco después de aquel cruce en La Habana, Martí se echó al monte. Y estaba peleando por Cuba cuando, en plena batalla, una bala española lo volteó del caballo.

Espejos: una historia casi universal

http://eduardogaleano.org/2012/01/28/marti/

sábado, 18 de febrero de 2012

La balada de Sante Caserio/ Canto a Caserio


La balada de Sante Caserio/ Canto a Caserio

Trabajadores os dirijo el canto
de esta canción mía que sabe del llanto
y que recuerda a un audaz joven fuerte
que por amor a vosotros desafió a la muerte.
En ti Caserio arde en la pupila
la chispa de las venganzas humanas
y a la plebe que trabaja y gime
les diste a todos tu afecto, a todos tu esperanza.

Estabas en el esplendor de la vida
y no viste que lucha infinita
la noche de los dolores y del hambre
que se avecina sobre la inmensa masa humana.
Y te levantaste en acto de dolor
de desconocidos lamentos fiero vengador
y tú golpeaste que eres tan bueno y gentil
a incitar a las almas esclavas y a los caídos.

Temblaron los poderosos ante el acto feroz
y nuevas trampas tendieron al pensamiento
pero el pueblo al que el alma diste
no te comprende, pero no te doblegaste.
Y tus veinte años, una fiera mañana
arrojaste al viento de la guillotina
y al mundo vil tu gran alma piadosa
alto gritando: ¡Viva la anarquía!

Duerme, Caserio, bajo la fría tierra
donde rugir oirás la guerra final...


Pietro Gori.

martes, 6 de septiembre de 2011

La flor más grande del mundo- Saramago y Emilio Aragón


Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.

Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!

En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)

Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.

Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…

Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.

El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos frenos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.

¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.

Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.
Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.

Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.

Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.

Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.

Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.

Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

JOSÉ SARAMAGO

¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?

jueves, 1 de septiembre de 2011

España en el Corazón.

Pablo Neruda.

Preguntaréis:
¿Y dónde están las lilas?
¿Y la metafísica cubierta de amapolas?
¿Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros?

Os voy a contar todo lo que me pasa.
Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles.
Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.

Mi casa era llamada la casa de las flores,
porque por todas partes estallaban geranios:
era una bella casa con perros y chiquillos.

Raúl, te acuerdas?

Te acuerdas, Rafael?

Federico, ¿te acuerdas debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

¡Hermano, hermano!
Todo eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Argüelles
con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar. .

Y una mañana todo estaba ardiendo,
y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo,
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños corría simplemente,
como sangre de niños.

Chacales que el chacal rechazaria,
piedras que el cardo seco
mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran! .

¡Frente a vosotros
he visto la sangre de España levantarse para ahogaros
en una sola ola de orgullo y de cuchillos!

Generales traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores,
pero de cada hueco de España sale España,
pero de cada niño muerto
sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallaran un día el sitio en el corazón.

Preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño,
de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal?

¡¡Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver la sangre por las calles!!

lunes, 2 de mayo de 2011

Ella solía susurrar palabras en mi oído por la mañana... (Continuación)


No hubo tiempo de despedirme de él y de su suave gemir al dormir. Saciar mi sed sexual no me detuvo al alejármele entre la oscuridad como una cobarde. Tanto tiempo estuve a su lado y nunca le pregunté qué diablos me vio, tal vez, en realidad, nunca me interesó del todo. Soy una de esas chicas que sigue, sin chistar ni un segundo, esas vocecitas fantasmales que crea la conciencia libertaria. No, no estoy loca…
Los hombres a nosotras no nos gobiernan, ni mucho menos sus instituciones, ya que estas representan lo peor de ellos.

“-Los y las anarquistas son como piedras cayendo por un desfiladero. Nada los detendrá hasta cumplir gozosos su cometido- Yo le repetía esta frase mientras él limpiaba sus zapatos groseramente brillosos alistándose para ir a la oficina. Sentía una fascinación por hacerle saber que era un esclavo del sistema y que yo humildemente lo rescataría con facilidad.
Él nunca supo mucho de lo libertario. No lo lograba entender a bien. Los compañeros en las reuniones se reían de él, porque no sabía que representaba de manera excelente ese maniquí-instrumento de la “bestia”; a ellos les irritaba escucharle que los patrones nos hacían un favor al ocuparnos en sus fábricas y oficinas. Aún así me acompañaba, supongo que para no darme motivos para abandonarlo.

Creo que nunca lo entendí como nosotros. Él solía caminar sin notar los gritos y gemidos de las calles. Para nada los hombres pasados le interesaban. Vivía al día y, así, murió mi cariño hacia él. Asombrosamente no escuchaba tampoco el aleteo de las mariposas, ni podía ver el verdadero color de las orquídeas del balcón del apartamento y apreciar la hermosa manera de como estas se descolgaban por el barandal y se desprendían poco a poco para crear una alfombra violeta en la entrada del edifico. Cantábamos juntos las “Tormentas Negras” y se quedaba dormido cuando le contaba la historia de aquel pueblo libertario ibérico del 36 y su ejemplar hijo libre llamado Buenaventura Durruti. ¿Acaso él tenía que hacerlo?...

Yo aprendí del rojinegro y del dolor de portarlo como blasón. Saqué fuerzas de flaqueza en el sol capitalino y golpeé a aquel que buscara someter mi auténtica libertad de libertaria. Mi corazón estaba en la letra y no en los hombres. Respiraba para ella, caminaba lentamente la utopía, ya que no la quería devorar para que ella no lo hiciera conmigo, más cruentamente, antes. -Nosotros los y las anarquistas vivimos de eso. Empujamos la gran piedra para que caiga más rápido-

Nosotros las y los anarquistas hemos estado entre ustedes desde hace mucho tiempo. En lo antiguo matamos emperadores a pedradas. Desaparecimos religiones y resistimos a las que buscaron dominarnos. Defendimos hasta la muerte esa majestuosa biblioteca, hasta que lograron su desgraciado cometido. Aprendimos a vagar por Asia evadiendo la barbarie dinástica, por Europa combatiendo a la cristiandad y después gracias a los libros científicos, llegamos a la dolida América indígena y sembramos esa semilla libertaria de sur a norte y, para eso, tuvimos que hacer tabla rasa de muchas cosas. Los enemigos del librepensamiento buscaron absurdamente matarnos uno a uno, pero nacimos por miles de cada uno de los compañeros quemados, desmembrados, empalados, fusilados y desaparecidos en el mar. Defendimos sin cesar desde antaño a los judíos, a los gitanos, a los indígenas, a los científicos humillados, a los artistas reprimidos, los homosexuales vejados, a los desamparados aquí, allá, en todos lados…

He tratado de olvidar aquellos días de crisis. Nunca desee tanto estar muerta en vida. Ellos corrían por las calles perseguidos por los disparos que penetraban en sus cuerpos como si fueran de mantequilla. La sangre chorreaba las grandes avenidas del centro. Los bancos y centros comerciales cerraban sus puertas dejándolos a su miserable suerte. Estaba tan desesperada que los busqué en esos rincones que la luz nunca ha percibido. Me dieron pistas y las caminé para estar con ellos siempre. Aquel día dejé todo listo en el departamento, y no me atreví a decirle ni siquiera adiós compañero, tal vez regrese…

lunes, 11 de abril de 2011

Henry David Thoreau

“Durante seis años dejé de pagar mis impuestos como votante. Por este hecho pasé una noche en la cárcel y mientras miraba las paredes de piedra sólida, la puerta de madera y de hierro y las ventanas cruzadas por barras de acero, no pude dejar de impresionarme por la estupidez de esa institución que me trataba como si fuera un paquete de carne, sangre y huesos que debía ser encerrado bajo llaves... 
En momento alguno me sentí confinado, y aquellos muros me parecieron un gran mal gasto de piedras y mortero... En cada amenaza y en cada cumplido saltaba el desatino; pues creían que mi mayor deseo era el hallarme del otro lado del muro. Y no podía dejar de sonreírme al ver con qué diligencia y cuidado me cerraban l apuerta cuando me enfrascaba en mis meditaciones, que los seguían afuera sin problema ni dificultad, no siendo sino ellos todo lo que allí era peligroso. Vi que el Estado era de pocas luces y que no era capaz de distinguir amigo de enemigo, de manera que le perdí el resto del respeto que aún me quedaba y le compadecí.” 
Henry David Thoreau estuvo preso por un día el 22 de julio de 1846.


“Cuando salí de prisión- pues alguien interfirió y pagó la fianza. No observé que se hubieran producido grandes cambios en los colectivo, en lo comunitario, como fue el caso de quien, entrado de joven, salió hecho un viejo chocho de pelos grises; sin embargo, a mi modo de ver una modificación sí había tenido lugar en la escena- la villa, el estado y el país- y mayor aún que cualquiera que pudiera deberse al mero paso del tiempo. El Estado en que vivía se me ofreció con perfiles más definidos. Vi hasta qué punto podían ser tenidos como buenos los vecinos y amigos que me rodeaban; reparé en que su amistad era apta sólo para climas estivales; que no abrigaban deseos de llevar a término especialmente justo; que por sus prejuicios y supersticiones constituían una raza tan distina de mí como lo sería un chino o un malayo; que con sus sacrificios en aras de la humanidad no incurrían en riesgos, ni siquiera en aquél que pudiere afectar tan sólo a sus bienes; que, después de todo, no eran tan nobles, sino que trataban al ladrón como les había tratado a ellos; y que mediante cierta apariencia externa y una cuantas legarias, así como discurriendo de vez en cuando por una vía recta, pero inútil, esperaban salvar sus almas. Puede que esto parezca un juicio severo sobre mis conciudadanos, pues, según creo, muchos de ellos no saben siquiera que poseen una institución tan vil como la de la cárcel de su comunidad”

lunes, 28 de marzo de 2011

Marco Porcio Catón el Censor “el viejo”


Si quieres aprender a cultivar la tierra,
ve y léete a Virgilio;
si el poder de las hierbas te intriga más,
lo expone Mácer en su poema:
Si quieres saber algo de Roma y de sus guerras,
De las luchas de Marte, busca en Lucano el cuento;
Si te gusta el amor, y aprenderlo leyendo,
procúrate un Ovidio; pero si te desvelas
por vivir sabiamente, escúchame y entérate
de cómo, sin reproche, vivir día tras día:
Ven conmigo, y aprende qué es la sabiduría.

Marco Porcio Catón el Censor (“el viejo”)