–Lloverá ahora. Me dice Abigail mientras baja
de súbito del columpio. Se coloca las sandalias, camina apresurada hacia mí, toma
mi cajetilla de cigarros y, junto con un pequeño libro de poemas del cual hace
un momento le leí fragmentos, los coloca en su morrar y yo miro sus trasparentes
manos mientras hace que me levante del pasto.
Mientras ella mira el ennegrecido
cielo y la inminente tormenta, yo sólo pienso:
Me gusta mirar el humo del cigarrillo suave elevarse lentamente. Tomar café negro e infusión obsequiados de mis amigos. Me gusta su mirada sonriente mientras yo muero ahora porque me deje abrazarla por lo menos una última vez.
Mirar a mis amigos a través del fondo del vaso de alcohol mientras ríen de aturdimiento y vacilan sus pasos. En soledad me gusta pensar en una vida en el bosque y sus fríos invernales que congelan los huesos. Me pienso caminando y mirando y saber que todo al final de cuentas saldrá bien. Me gusta ver leer a los demás y pensar en la inmensidad del cosmos mirando a una hormiga caminar sobre mi brazo.
Yo cierro los ojos y veo todo lo que me pasó. Las mujeres que me han devorado, los amigos que me han levantado y las miradas extrañas en las que me reconozco al cruzarme en el camino de las personas.
Suspiro, y al suspirar me siento parte de todos, y que de alguna manera extraña les hago falta, que necesitan de mí.
Esta es la historia de un
Montaraz. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿qué diablos es un montaraz? Pues,
ni más ni menos, es lo que se conoce como un guardabosques, pero en este caso
cuida del monte o la montaña. Son personas solitarias que hacen traslados de
horas para vigilar y que conocen muy bien estas zonas recónditas. Muy extraña
vez se topan con personas. Por esto, suelen formar una familia y llevársela a
vivir con ellos para no convertirse en ermitaños peligrosos.
Debo confesar que hace mucho tiempo
que tengo ganas de escribir algo sobre lo hermoso de la montaña y a la vez, de
lo triste de la soledad. ¿O será al revés?
En realidad, yo no sé lo qué es
la soledad, y parecería poco ético hablarla sin conocerla. Pero tal vez por eso
tengo la obligación de hacerlo. Los solitarios la conocen tanto que no es nada
importante comentarla. Para mi es extraña y por eso lo haré.
Una historia digna de un montaraz
debe de ser acompañada, sin duda, de una cita clásica del romanticismo
decimonónico. O si no se conoce de esto último, por lo menos de una imagen que
represente un paisaje amplio forjado de brochas utópicas multicolor.
Parece tarea fácil, pero no lo
es, no señor. Debemos tener cuidado de no caer en la cursilería simplona, como
seguramente ya hemos caído en algún momento o, en mi caso, infinidad de veces.
Veamos:
Este montaraz serrano, es un
hombre común del centro de la república. Mira al cielo y ve caballos y ardillas
en las nubes blancas que no tienen forma para nosotros, que al verlas, tememos
una llovizna sin paraguas y con tráfico en exceso.
Su vida era tan normal hasta que
llegó el día en que ella no regresó más.
Aquí empieza este breve relato...
La noticia pareciera que no lo inmutó. Apagó su cigarro con la punta de
la bota llena de lodo, dio media vuelta y desapareció en la bruma mañanera de
la sierra de Puebla. Nadie más lo volvió a ver, tal vez porque nunca se dejó o
porque en realidad no había ya nadie interesado en saber noticias de un
patético hombre que la mejor hazaña de su vida fue el haber llegado a la edad
de 30 años sin morir de hambre.
El dolor de haber perdido a su amada, tras caer su autobús en una
enorme barranca que en el fondo tenía una cañada y un pequeño río escondido de
todos, le fue terriblemente insoportable, pero se tragó su dolor en el fondo de
su ser. Las mañanas sin ella le eran tan eternas que las pasaba completas
buscando leña mientas miraba la enorme diversidad de mariposas y árboles que
escalar algún otro día insoportable de estar vivo.
¿Hijos? No.
Las pláticas acerca de este tema él las esquivaba como las miradas que
cruzas al ver a alguien que te gusta y te da pena que caiga en cuenta de ello.
Antes de morir trágicamente, su mujer quería embarazarse porque, según le
contó una comadrona, las casadas que no se embarazan son mujeres fracasadas.
Ella solía esperarlo en casa, al regresar de la montaña, con poco ropa para que
la viera y la tomara. Sin embargo él no actuaba en consecuencia.
¿Por qué? Porque estaba obsesionado con continuar desenterrando
antiguos edificios en la punta de la sierra. Un día despertó allí después de
una borrachera que se puso con unos viejos líderes indígenas. Él creyó que los
viejos dioses de los antiguos habitante lo habían conducido hasta allí en plena
borrachera. Se sintió el elegido. Al otro día, ya hidratado, llegó allí con una
pala y se fijó la tarea de sacar todo a la luz acomodando piedra por piedra y
rearmando las innumerables grecas.
Un día un hombre logró llegar hasta su inaccesible choza en la punta de
la sierra. Se encontraron cara a cara y le dijo...
Una vez Ricardo, poco antes de morir, me dijo que todos
tenemos monstruos que invaden nuestras mentes. Decía que los hay mansos como
cachorros que son fácilmente domables con la edad y el apoyo de los seres
queridos. Pero que los hay también brutales en el trato, que destruyen a las
personas desde dentro provocándoles pesadez y una tristeza eterna como las
noches en la playa.
Te dejan mudo ante el regaño humillante del patrón y te
quitan la palabra precisa ante la mujer amada. Son como piquetes constantes en
el cráneo mientras intentas ver más allá. Se alimentan de tu imaginación y se
aprovechan para tu mal de todos los libros que has leído. Básicamente te
sabotean la vida porque simplemente odian ser parte tuya.
Desgraciadamente
Ricardo los tuvo y una mañana de noviembre, frente al sol del sur de la ciudad,
se cortó la garganta para obligarlos a salir de él.
De pie, bajo ese tremendo sol y
con un cigarrillo entre sus dedos, ella lo miraba fijamente. Él, sentado,
miraba hacia un árbol mientras repasaba lo que se había propuesto decirle desde
un día antes.
Todo era tan rápido y se requerían palabras tan precisas que no
pudo. Ella lo abrumaba tanto como un día
de caminata cuesta arriba. Después, él
miraba cómo ella sostenía el cigarrillo con sus dedos y la forma en como se
prestaba a encender uno nuevo incluso antes de consumir en su totalidad el
anterior.
Él pensaba y pensaba y no podía decir nada. Ella lo miraba y lo
miraba y se convencía de que no tenía sentido estar allí, de pie ante él. De
pronto, ella apagó su cigarrillo y se perdió entre la gente. Él sólo notó que
el árbol seguía allí.
Siéntese en su azotea, coloque lentamente a su mascota a su
lado izquierdo. Enciéndase un cigarro suave, de esos que no marean por las
bocanadas constantes. Ponga música de fondo con su teléfono, de preferencia el
título "Across the universe". Por ahora evite esa sensación de
lanzarse en caída libre y resolver rápidamente sus problemas.
Entonces rásquese un poco la cabeza, pula sus lentes hasta el rechinido de
rigor. No piense en ella por un minuto, por muy difícil y aterrador que le sea.
Cuando haya hecho esto, fije la mirada en el atardecer
rojizo-amarillento-celestial y, tras un breve suspiro, piense mientras sonríe
en lo siguiente:
Infinito e inmortal amor/ que brilla a mi alrededor como un millón de soles/
que me llaman y me llaman a través del universo.
A veces me gusta ver llover. Mientras leo, el agua se resbala por la
empañada ventana de mi habitación mientras entrecierro los ojos para imaginar
un atardecer rojizo entre estas gotas. Aquí mismo ella me mira preocupada, estando
recostada sobre mis piernas, debido a que se hace tarde y no para de llover.
Yo, despreocupado pues es un buen pretexto para invitarla a dormir aquí, junto
a mí y mis sueños eternos de muerte, decido tomar el cigarro y con el
constante humo y un movimiento de labios, hago las mismas figuras extrañas que
hice en mi juventud, aquellos años en los que ondeaba de allá para acá esas
banderas negras bajo el sol de la ciudad, años de libros devorados en busca de
respuestas que aún no llegan y de mujeres que me dejaban fascinado al verlas
fumar y lanzarme su humo en el rostro a modo de insinuación.
Ella enciende el estéreo
y por azar suena el preludio de la suite para violonchelo número 1 de Bach, inmediatamente
se saca la sudadera quedando sólo con una blusa blanca ajustada. Se mira en el alto espejo buscando quizá, algo que olvidó
en él, algo que perdió hace mucho. Una vez leí que las mujeres se miran para
intentar verse a través de otras.
Ella, ciertamente, es todas las que tuve, y a su vez, ninguna que haya
conocido. Mientras se mira sin cesar, recuerdo el día en que la conocí. Fue en un
parque una fría tarde de enero como esta, mientras ella miraba fijamente la
base un árbol recientemente talado. Me acerqué lentamente, la vi temblar como
de rabia y dolor, de sus ojos claros brotaban las mismas gotas que veo ahora resbalarse
por la ventana de mi habitación, mientras afortunadamente se hace más y más
tarde y yo me hago aún más viejo. Entonces aprendo poéticamente que todo es un
círculo, un uróboro de materia que está en todos lados.
Introducción Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía... Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas... Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan... Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos... Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas...
Allanamiento Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa... Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco... Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma... Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables... Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión... Y no halló nada... No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie... ni a los muertos Fernández más recientes... A mí tampoco me encontró... Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida... Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles... Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo... Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas... y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales... la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol... y se echará en el piso como un perro... y aguardará hasta la madrugada... Hoy... dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre...
La casa ... Mi corazón está mejor sitiado que mi casa... mi casa, más cercada que mi barrio... mi barrio, cercado por mi Pueblo... En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado...
Uruguay for export Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento... balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita... Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quién que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas... y que pastando nunca habían dolido... haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: "Uruguay for export"... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo... de un marronazo en plena frente "for export" del Uruguay... Flor show (por vals) En la punta del agua... una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire... Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boîte... Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire... subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada... gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría -y que no es-... y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras duren la noche, su belleza infantil de ingeniería, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso... el gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores...
Mis alas ... Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, Guitarra Negra... Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia… Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, mas grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amándose y se odian sin embargo mis dos alas... se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí la nada... más allá el Pueblo y más acá el Amor... Pero el Pueblo está también más acá... y antes estaba allá también, detrás del Pueblo el Pueblo... Hemos viajado por todos mis caprichos y el Pueblo osando (sic) el piso, amándose con alas como las mías... odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas... y sus mil bocas dicen: "ahora, la suerte ya está echada..."
La mariposa La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente... y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte... y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso... sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente... buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento... Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida... Eso no es tan triste... triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento... Su cadena de huevos de seda...
Hago falta Hago falta... yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo... los ojos míos en la contemplación del mañana... mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.
Exhortación y propósitos Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra... Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón... Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga: dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias, será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras... por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto... la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear... sino con hambre y Rita y José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio... y por todos nuestros muertos... Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe... cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes... hasta morir también... tal vez un día... de soledad y rabia... de ternura... o de algún violento amor; de amor... sin duda.
(Los títulos de cada texto, así como el género al que pertenece la obra, son los de la edición de 1985. En la primera edición [1977] las partes que la componen son presentadas por su autor como "contracanciones", género particular creado por él mismo para definirlas, ante su imprecisa ubicación conceptual, musical y literaria. En esa edición los textos, cuyos fragmentos no llevan título alguno, se encuentran agrupados en 3 partes: La I incluye desde Introducción a Uruguay for export, la II es Flor show, y la III las cuatro restantes. Asimismo, la puntuación empleada es la que aparece en la misma edición de 1977, habiéndose salvado los errores evidentes, tanto ortográficos como de fidelidad del texto). (1972-1977)
Esta canción se grabo durante la guerra civil española (1936-1939) por
Corale Durruti pero representa fielmente a las actuales juventudes
anarquistas del mundo entero en estos tiempos de lucha y reflexión. Aquí
les dejo la letra:
Juventud de lucha proletaria, ilusión del porvernir, bella esperanza libertaria que alumbra nuestro vivir; es nuestro lema la Anarquía, es nuestro escudo la verdad, damos el pecho si es preciso hasta morir, morir por la libertad.
Anarquista fiel y generoso, esforzado luchador a quien ni el tiempo ni el martirio el entusiasmo apagó, las Juventudes te recuerdan y de tu vida aprenderán. ¡Viva por siempre la Anarquía, que es el Sol, sol de justicia social!
Mientras pasa la estrella fugaz acopio en este deseo instantáneo
montones de deseos hondos y prioritarios. Por ejemplo, que el dolor me
apague la rabia, que la alegría no desarme mi amor, que los asesinos del
pueblo se traguen sus molares, caninos e incisivos y se muerdan
juiciosamente el hígado. Que los barrotes de las celdas se vuelvan de
azúcar o se curven de piedad y mis hermanxs puedan hacer de nuevo el
amor y la revolución." (...)
Paseaban el padre y el hijo por las
calles floridas de La Habana, cuando se cruzaron con un señor flaquito,
calvo, que caminaba como si estuviera llegando tarde.
Y el padre advirtió al hijo:
—Ojo con ése. Es blanco por fuera, pero por dentro es negro.
El hijo, Fernando Ortiz, tenía catorce años.
Tiempo después, Fernando iba a ser el
hombre que supo rescatar, contra siglos de negación racista, las ocultas
raíces negras de la cubanía.
Y aquel peligroso señor, el flaquito, el
calvo, el que caminaba como si estuviera llegando tarde, se llamaba José
Martí. Era hijo de españoles el más cubano de los cubanos, el que
denunció:
—Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.
Y repudió la falsa erudición llamada Civilización, y exigió:
—Basta de togas y de charreteras.
y comprobó:
—Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.
Poco después de aquel cruce en La Habana,
Martí se echó al monte. Y estaba peleando por Cuba cuando, en plena
batalla, una bala española lo volteó del caballo.
Trabajadores os dirijo el canto
de esta canción mía que sabe del llanto
y que recuerda a un audaz joven fuerte
que por amor a vosotros desafió a la muerte. En ti Caserio arde en la pupila
la chispa de las venganzas humanas
y a la plebe que trabaja y gime
les diste a todos tu afecto, a todos tu esperanza.
Estabas en el esplendor de la vida
y no viste que lucha infinita
la noche de los dolores y del hambre
que se avecina sobre la inmensa masa humana.
Y te levantaste en acto de dolor
de desconocidos lamentos fiero vengador
y tú golpeaste que eres tan bueno y gentil
a incitar a las almas esclavas y a los caídos.
Temblaron los poderosos ante el acto feroz
y nuevas trampas tendieron al pensamiento
pero el pueblo al que el alma diste
no te comprende, pero no te doblegaste.
Y tus veinte años, una fiera mañana
arrojaste al viento de la guillotina
y al mundo vil tu gran alma piadosa
alto gritando: ¡Viva la anarquía!
Duerme, Caserio, bajo la fría tierra
donde rugir oirás la guerra final...
Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.
Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…
¡Hace ya tanto tiempo de eso!
En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)
Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.
Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…
Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.
El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos frenos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.
¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.
Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.
Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…
No importa.
Baja el niño la montaña, Atraviesa el mundo todo, Llega al gran río Nilo, En el hueco de las manos recoge Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo Por la pendiente se arrastra, Tres gotas que llegaron, Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí, Cien mil viajes a la Luna, La sangre en los pies descalzos, Pero la flor erguida Ya daba perfume al aire, Y como si fuese un roble Ponía sombra en el suelo.
El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.
Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.
Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.
A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.
Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…
JOSÉ SARAMAGO
¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?