domingo, 1 de febrero de 2015

Abigail me aplaude.



Abigail me aplaude cuando logro realizar una suma simple. Sabe lo difícil que me es. 

Me exige una visita guiada informal en cada museo, iglesia barroca, zona arqueológica y convento franciscano que visitamos. Dice burlonamente que los historiadores nacemos, nos complicamos y morimos entre libros que nadie quiere leer.

Abigail conecta telas con hilos finos como su cabello rojizo. Yo solamente conecto historias con palabras rebuscadas para sentirme inteligente. 

Dice que debo aprender a beberme sólo un par de cervezas y así no perderme en las noches de rostros extraños y sucias barras de bar. Lo que no sabe es que estoy perdido desde los 13 años.

Mientras comemos helado hablamos de grecas totonacas, alfardas teotihuacanas, arcos ojivales góticos, columnas salomónicas, capillas abiertas franciscanas, almenas mexicas en forma de caracol cortado, del arte tequitqui indígena, de naves en cruz griega y latina y de cómo, si te paras en una esquina de la catedral metropolitana mirando hacia arriba, notarás la inmensidad indescriptible de la ciudad. 

Le gusta que me recueste en el pasto para verme fumar e imaginar aquellos tiempos donde compartíamos bocanadas. Hablamos de cómo el poder corrompe por sí mismo y de cómo el principio de identidad es simplemente estúpido. Dice que el mejor libro es el que no se ha leído aún y que por eso debemos buscarlo sin descanso por todos lados.

Ella piensa todo el tiempo en el futuro, yo sólo lo estudio en el pasado y yo no sé qué es más importante.

viernes, 10 de octubre de 2014

Me escurren fragmentos.

Así como llegué me fui sin notarlo.
Salí del mundo y llegué a él
dando una vuelta.

Caminé junto a ella y la dejé
para encontrarla en otra.
Miré a mí alrededor y vi mi cara
en la pesadumbre de un mundo inútil.

Sueño y vivo
y siento que para vivir se sueña
y para soñar se mira fijamente.

En el bolsillo tengo
un encendedor, unas llaves
y restos que llevo a todos lados
de una mujer que amé.

Solo somos fragmentos, -me dijo-
Me llevarás e iré cayendo poco
a poco de tu bolsillo mientras
forjas destino con otra mejor.

Tengo una mano que tiembla,
un corazón que se colapsa del cansancio
y una melancolía sobre lo que pensé que fui

y sobre lo que resulté de lo que no hice.

En el parque.


 –Lloverá ahora. Me dice Abigail mientras baja de súbito del columpio. Se coloca las sandalias, camina apresurada hacia mí, toma mi cajetilla de cigarros y, junto con un pequeño libro de poemas del cual hace un momento le leí fragmentos, los coloca en su morrar y yo miro sus trasparentes manos mientras hace que me levante del pasto.

Mientras ella mira el ennegrecido cielo y la inminente tormenta, yo sólo pienso:

Largos pastos de esferas micro cósmicas de rocío.
Tormenta libre y majestuosa.
Moja y moja y todo vivirá más.

¿Por qué correr? ¿En casa no lloverá?

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domingo, 22 de junio de 2014

Me gusta, me gusta...


Me gusta mirar el humo del cigarrillo suave elevarse lentamente. Tomar café negro e infusión obsequiados de mis amigos. Me gusta su mirada sonriente mientras yo muero ahora porque me deje abrazarla por lo menos una última vez. 

Mirar a mis amigos a través del fondo del vaso de alcohol mientras ríen de aturdimiento y vacilan sus pasos. En soledad me gusta pensar en una vida en el bosque y sus fríos invernales que congelan los huesos. Me pienso caminando y mirando y saber que todo al final de cuentas saldrá bien. Me gusta ver leer a los demás y pensar en la inmensidad del cosmos mirando a una hormiga caminar sobre mi brazo. 

Yo cierro los ojos y veo todo lo que me pasó. Las mujeres que me han devorado, los amigos que me han levantado y las miradas extrañas en las que me reconozco al cruzarme en el camino de las personas.

Suspiro, y al suspirar me siento parte de todos, y que de alguna manera extraña les hago falta, que necesitan de mí.

En fin, me gusta estar.

lunes, 26 de mayo de 2014

El hombre de la montaña crea un imperio de almas por miedo a la soledad... (Historia de un Montaraz)

25 de octubre de 2011 a la(s) 22:08

BORRADOR:

Esta es la historia de un Montaraz. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿qué diablos es un montaraz? Pues, ni más ni menos, es lo que se conoce como un guardabosques, pero en este caso cuida del monte o la montaña. Son personas solitarias que hacen traslados de horas para vigilar y que conocen muy bien estas zonas recónditas. Muy extraña vez se topan con personas. Por esto, suelen formar una familia y llevársela a vivir con ellos para no convertirse en ermitaños peligrosos.

Debo confesar que hace mucho tiempo que tengo ganas de escribir algo sobre lo hermoso de la montaña y a la vez, de lo triste de la soledad. ¿O será al revés?
En realidad, yo no sé lo qué es la soledad, y parecería poco ético hablarla sin conocerla. Pero tal vez por eso tengo la obligación de hacerlo. Los solitarios la conocen tanto que no es nada importante comentarla. Para mi es extraña y por eso lo haré.

Una historia digna de un montaraz debe de ser acompañada, sin duda, de una cita clásica del romanticismo decimonónico. O si no se conoce de esto último, por lo menos de una imagen que represente un paisaje amplio forjado de brochas utópicas multicolor.

Parece tarea fácil, pero no lo es, no señor. Debemos tener cuidado de no caer en la cursilería simplona, como seguramente ya hemos caído en algún momento o, en mi caso, infinidad de veces.

Veamos:
Este montaraz serrano, es un hombre común del centro de la república. Mira al cielo y ve caballos y ardillas en las nubes blancas que no tienen forma para nosotros, que al verlas, tememos una llovizna sin paraguas y con tráfico en exceso.

Su vida era tan normal hasta que llegó el día en que ella no regresó más.

Aquí empieza este breve relato...

La noticia pareciera que no lo inmutó. Apagó su cigarro con la punta de la bota llena de lodo, dio media vuelta y desapareció en la bruma mañanera de la sierra de Puebla. Nadie más lo volvió a ver, tal vez porque nunca se dejó o porque en realidad no había ya nadie interesado en saber noticias de un patético hombre que la mejor hazaña de su vida fue el haber llegado a la edad de 30 años sin morir de hambre.
El dolor de haber perdido a su amada, tras caer su autobús en una enorme barranca que en el fondo tenía una cañada y un pequeño río escondido de todos, le fue terriblemente insoportable, pero se tragó su dolor en el fondo de su ser. Las mañanas sin ella le eran tan eternas que las pasaba completas buscando leña mientas miraba la enorme diversidad de mariposas y árboles que escalar algún otro día insoportable de estar vivo.


¿Hijos? No.
Las pláticas acerca de este tema él las esquivaba como las miradas que cruzas al ver a alguien que te gusta y te da pena que caiga en cuenta de ello. Antes de morir trágicamente, su mujer quería embarazarse  porque, según le contó una comadrona, las casadas que no se embarazan son mujeres fracasadas. Ella solía esperarlo en casa, al regresar de la montaña, con poco ropa para que la viera y la tomara. Sin embargo él no actuaba en consecuencia.
¿Por qué? Porque estaba obsesionado con continuar desenterrando antiguos edificios en la punta de la sierra. Un día despertó allí después de una borrachera que se puso con unos viejos líderes indígenas. Él creyó que los viejos dioses de los antiguos habitante lo habían conducido hasta allí en plena borrachera. Se sintió el elegido. Al otro día, ya hidratado, llegó allí con una pala y se fijó la tarea de sacar todo a la luz acomodando piedra por piedra y rearmando las innumerables grecas.

Un día un hombre logró llegar hasta su inaccesible choza en la punta de la sierra. Se encontraron cara a cara y le dijo...

(Después seguimos)


sábado, 17 de mayo de 2014

Un atardecer frente al sol de la ciudad.


Una vez Ricardo, poco antes de morir, me dijo que todos tenemos monstruos que invaden nuestras mentes. Decía que los hay mansos como cachorros que son fácilmente domables con la edad y el apoyo de los seres queridos. Pero que los hay también brutales en el trato, que destruyen a las personas desde dentro provocándoles pesadez y una tristeza eterna como las noches en la playa. 

Te dejan mudo ante el regaño humillante del patrón y te quitan la palabra precisa ante la mujer amada. Son como piquetes constantes en el cráneo mientras intentas ver más allá. Se alimentan de tu imaginación y se aprovechan para tu mal de todos los libros que has leído. Básicamente te sabotean la vida porque simplemente odian ser parte tuya. 

Desgraciadamente Ricardo los tuvo y una mañana de noviembre, frente al sol del sur de la ciudad, se cortó la garganta para obligarlos a salir de él.

Ella se fue y el árbol no se movió.



De pie, bajo ese tremendo sol y con un cigarrillo entre sus dedos, ella lo miraba fijamente. Él, sentado, miraba hacia un árbol mientras repasaba lo que se había propuesto decirle desde un día antes.

Todo era tan rápido y se requerían palabras tan precisas que no pudo. Ella lo abrumaba tanto como un día
de caminata cuesta arriba. Después, él miraba cómo ella sostenía el cigarrillo con sus dedos y la forma en como se prestaba a encender uno nuevo incluso antes de consumir en su totalidad el anterior. 

Él pensaba y pensaba y no podía decir nada. Ella lo miraba y lo miraba y se convencía de que no tenía sentido estar allí, de pie ante él. De pronto, ella apagó su cigarrillo y se perdió entre la gente. Él sólo notó que el árbol seguía allí.

Un atardecer rojizo-amarillento-celestial

Siéntese en su azotea, coloque lentamente a su mascota a su lado izquierdo. Enciéndase un cigarro suave, de esos que no marean por las bocanadas constantes. Ponga música de fondo con su teléfono, de preferencia el título "Across the universe". Por ahora evite esa sensación de lanzarse en caída libre y resolver rápidamente sus problemas. 

Entonces rásquese un poco la cabeza, pula sus lentes hasta el rechinido de rigor. No piense en ella por un minuto, por muy difícil y aterrador que le sea. Cuando haya hecho esto, fije la mirada en el atardecer rojizo-amarillento-celestial y, tras un breve suspiro, piense mientras sonríe en lo siguiente:

Infinito e inmortal amor/ que brilla a mi alrededor como un millón de soles/ que me llaman y me llaman a través del universo.

domingo, 9 de marzo de 2014

Morir en su olor y el cielo crujiendo...

Aún me acuerdo de usted.
Tiene ojos que son de un verde relampagueante
en una oscuridad eterna y abrumadora.
Sobre las nubes la vi caminar aquella vez
y ellos creyeron que yo alucinaba de amor.

No sé si lo recuerda,
pero una vez me dijo
que si le escribía un poema 
usted me tomaría de la mano
y me llevaría caminando a su habitación.

Era un palacio de olor vainilla
con texturas suaves aterciopeladas. 
Me miraba tanto acariciándome las manos
y yo la sentia tan mía que deseaba morirme allí mismo.

Morir en su olor y el cielo crujiendo 
y yo todo lleno de sus relampagueantes verdes.


martes, 21 de enero de 2014

Una tarde de desasosiego.

A veces me gusta ver llover. Mientras leo, el agua se resbala por la empañada ventana de mi habitación mientras entrecierro los ojos para imaginar un atardecer rojizo entre estas gotas. Aquí mismo ella me mira preocupada, estando recostada sobre mis piernas, debido a que se hace tarde y no para de llover. Yo, despreocupado pues es un buen pretexto para invitarla a dormir aquí, junto a mí y mis sueños eternos de muerte, decido tomar el cigarro y con el constante humo y un movimiento de labios, hago las mismas figuras extrañas que hice en mi juventud, aquellos años en los que ondeaba de allá para acá esas banderas negras bajo el sol de la ciudad, años de libros devorados en busca de respuestas que aún no llegan y de mujeres que me dejaban fascinado al verlas fumar y lanzarme su humo en el rostro a modo de insinuación.

Ella enciende el estéreo y por azar suena el preludio de la suite para violonchelo número 1 de Bach, inmediatamente se saca la sudadera quedando sólo con una blusa blanca ajustada. Se mira en el alto espejo buscando quizá, algo que olvidó en él, algo que perdió hace mucho. Una vez leí que las mujeres se miran para intentar verse a través de otras.


Ella, ciertamente, es todas las que tuve, y a su vez, ninguna que haya conocido. Mientras se mira sin cesar, recuerdo el día en que la conocí. Fue en un parque una fría tarde de enero como esta, mientras ella miraba fijamente la base un árbol recientemente talado. Me acerqué lentamente, la vi temblar como de rabia y dolor, de sus ojos claros brotaban las mismas gotas que veo ahora resbalarse por la ventana de mi habitación, mientras afortunadamente se hace más y más tarde y yo me hago aún más viejo. Entonces aprendo poéticamente que todo es un círculo, un uróboro de materia que está en todos lados.  

martes, 16 de abril de 2013

The Girl of Guatemala - José Martí





The Girl of Guatemala.

At a wing’s shade, I want to tell
This story, like a flower:
The girl from Guatemala,
The girl that died of love.

The flowers were lilies,
And mignonette ornaments
And jasmine: we buried her
In a silk casket.

She gave to the forgetful
A perfumed sachet:
He came back, came back married: She died of love.

She was carried in a procession
By bishops and ambassadors:
Behind were the town’s people in groups
They were all carrying flowers.

She, wanted to see him again,
She stepped out to the balcony:
He came back with his wife:
She died of love.

Like ardent bronze,
When he kissed her goodbye,
Her forehead was The forehead
That I have loved the most in my life!

…She went into the river at dusk,
She was dead when the doctor pulled her out:
Some say she died of coldness:
But I know she died of love.

There, in the chilling crypt,
They set her on two benches:
I kissed her slender hand,
I kissed her white shoes.

José Martí.

domingo, 31 de marzo de 2013

Guitarra negra - Alfredo Zitarrosa.






Introducción
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra... Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía... Cómo se toca tu carne de aire, tu oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas... Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan... Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos... Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas...

Allanamiento
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa... Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco... Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma... Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables... Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión... Y no halló nada... No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie... ni a los muertos Fernández más recientes... A mí tampoco me encontró... Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida... Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles... Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo... Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa abiertas... y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales... la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol... y se echará en el piso como un perro... y aguardará hasta la madrugada... Hoy... dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre...

La casa
... Mi corazón está mejor sitiado que mi casa... mi casa, más cercada que mi barrio... mi barrio, cercado por mi Pueblo... En mi barrio vive el Presidente, cercado por un muro casi derrumbado...

Uruguay for export
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Cae con estrépito, de bruces sobre el cemento... balando al descuajarse su osamenta, ya sólo un pobre costillar enorme, ya sólo un pobre cuero y sangre, media tonelada de huesos astillados, hincados en toda esa vida temblorosa y atónita... Ahí se va alzando, como un pesado pingajo, atrapada por la pata por un gancho que le salta arriba, que la alza por un ojal abierto en el garrón de un cuchillazo en plena estupidez sentimental, en plena media tonelada de monstruoso dolor, incomprensible, absurdo, balando, plañidera y tonta, como un escarabajo que no piensa, mientras medita lentamente por qué duele tanto y por qué duele qué parte de quién que es ella misma, la res, abierta al descuartizamiento atroz por todas partes, que nunca habían dolido y que eran tantas partes, tan extensas... y que pastando nunca habían dolido... haciendo leche, esperma, músculos, crin y cuero y cornamenta viva, que eran la vida misma manando hacia sus adentros, vibrando tiernamente como un sol cálido hacia sus adentros... y nunca habían dolido... Ya está colgada... Las patas delanteras se enderezan, se endurecen y avanzan hacia adelante y hacia arriba, implorantes y fatalmente rígidas, rematadas en cortas pezuñas que hace un instante amasaban el barro del corral, el estiércol de otros cien balidos, dinosaurios del siglo de las máquinas, nacidos para morir de un marronazo... Ahora ya es carne azul colgada en la heladera: "Uruguay for export"... Aquella res, que murió de un marronazo, cayó y tembló todo el frigorífico... Aquella otra res que recibió el marronazo en plena frente, de dos dedos de espesor, mientras entraba al tubo desconfiando porque allí no había pasto, alcanzó a comprender que había otra res delante, balando, que ya se la llevaba el gancho... y cayó detrás, también, y el cemento tembló bajo esos huesos... Aquella otra res, que esquivó el marronazo y que cayó también, con un ojo reventado y una guampa partida, deshecha, también cayó y tembló la tierra, tembló el marrón, tembló el marronero; la res, murió temblando de dolor y de miedo... de un marronazo en plena frente "for export" del Uruguay...

Flor show (por vals)
En la punta del agua... una flor blanca, luminosa, de quince dólares, se hace chispa, se abulta, se diluye, chorrea entre otras flores más pequeñas, llora, se agita, la catapulta el chorro de agua y sube como bola en el aire... Está naciendo siempre, mientras el agua canta en esa fuente de la boîte... Entre aplausitos, al compás de la orquesta, blanda flor blanca, acuosa, nostalgiosa en el aire... subida en los aplausos como espitada, hendida, empitonada... gime y llora en la noche, tira estrellas bailando bajo el humo, renace, llora por el chorro azul-blanco de la fuente como si fuera planta que la cría -y que no es-... y sin embargo, así seguirá abriéndose, muriendo, hinchándose y flotando, mientras duren la noche, su belleza infantil de ingeniería, su blando corazón bajo el foquillo fijo y lechoso... el gringo, el chorro de agua a precio, el aire de importación, esas hembras, el mozo, esos señores...

Mis alas
... Hace un buen rato ya que doy trabajo y vengo acostumbrándome al desuso de mi alma, a la razón del enemigo, a mis sesenta cigarrillos diarios, a las malas costumbres de mis canciones, que de algún modo siempre fueron nuestras, vos lo sabés, Guitarra Negra... Hoy reanudo en un cómico enderezo la hora de ayer parada en su nostalgia… Me hacen sufrir las alas que me puse para volar, mas grito y se alzan, gimo y me acompañan, río y baten de a dos, como que están amándose y se odian sin embargo mis dos alas... se odian, se enderezan, se hacen amigas mías para llevarme por todas partes: allá está la canción, aquí la nada... más allá el Pueblo y más acá el Amor... Pero el Pueblo está también más acá... y antes estaba allá también, detrás del Pueblo el Pueblo... Hemos viajado por todos mis caprichos y el Pueblo osando (sic) el piso, amándose con alas como las mías... odiando su destino, odiándome y amándome sin alas, con millones de pies, con manos y cabezas y lenguas... y sus mil bocas dicen: "ahora, la suerte ya está echada..."

La mariposa
La mariposa viene hacia mí en la calle, en el aire húmedo, por el aire húmedo bailando, por el aire agobiante, ominoso, bailando en el aire caliente... y yo vi que no era a mí a quien buscaba sino a la muerte... y que no buscaba la muerte también vi, porque no era mariposa de la ciudad de hierro, ni nacida para eso... sino que era mariposa nada más, en la ciudad, presa y ya muerta de antemano, fatalmente... buscando en ese bailar loco y frágil un ala, un grano, una pizca de polen en el cemento... Porque la mariposa nace y no aprende nada hasta que muere en cualquier sitio, herida de muerte por su semana justa, por su tiempo preciso, por su sorbito de vida ya bebida... Eso no es tan triste... triste es ver su cadena de huevos en el hollín, depositados junto a un río de aceite, a la sombra de las altas paredes de cemento... Su cadena de huevos de seda...

Hago falta
Hago falta... yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco, si no estoy... Siento que hay un sitio para mí en la fila, que se ve ese vacío, que hay una respiración que falta, que defraudo una espera... Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero, el amor del que me aguarda lastimado... falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo... los ojos míos en la contemplación del mañana... mis manos en la bandera, en el martillo, en la guitarra, mi lengua en el idioma de todos, el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos.

Exhortación y propósitos
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra... Dice Enrique, mi hermano, que hay cierto perro hundido que se lame mansamente y nos lame, lamiéndose, una herida quieta allá al fondo, sentado en su escalón... Y dice más mi hermano el otro Enrique, en Praga: dice que amarte con certeza, hacerte enteramente hembra, darte lo que de vida tengan mis urgencias, será amar más y más a Jaime; amarlo, más de veras... por su alma, su propio perro mordedor bajo el garrote, el cable, el puñetazo, la bolsa de arpillera, el plantón y el insulto... la olvidada mejilla que no ponen ni él ni nadie a golpear... sino con hambre y Rita y José Luis, por Gerardo y Raúl y Rosa y Sara y Mauricio... y por todos nuestros muertos... Y he sabido, guitarra, que este otro perro que criaste, ladrador, campesino, a veces manso o vigilante, que roe su propio hueso en la penumbra y gruñe... cual casi todo perro popular, vagará por tus anchas veredas, tus milongas sangrantes... hasta morir también... tal vez un día... de soledad y rabia... de ternura... o de algún violento amor; de amor... sin duda.

(Los títulos de cada texto, así como el género al que pertenece la obra, son los de la edición de 1985. En la primera edición [1977] las partes que la componen son presentadas por su autor como "contracanciones", género particular creado por él mismo para definirlas, ante su imprecisa ubicación conceptual, musical y literaria. En esa edición los textos, cuyos fragmentos no llevan título alguno, se encuentran agrupados en 3 partes: La I incluye desde Introducción a Uruguay for export, la II es Flor show, y la III las cuatro restantes. Asimismo, la puntuación empleada es la que aparece en la misma edición de 1977, habiéndose salvado los errores evidentes, tanto ortográficos como de fidelidad del texto).
(1972-1977)