jueves, 4 de junio de 2009

¡Cuánto amo los pastos largos!



21 de julio del 2008.




Erguido bajo el golpe en la porfía,
mi sentimiento superior a la victoria.
Tengo fé en mi: la adversidad podría
quitarme el triunfo, pero no la gloria.

¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia, aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.
Salvador Díaz mirón.


Dos y media de la madrugada, estoy recargado en mi ventana y fumando un cigarrillo. El silencio es abrumador, un viento frío golpetea mi pecho mientras veo una higuera que jamás ha dado frutos. Los gatos negros pasan y me ven, me dicen con sus miradas que está lejos mi fin. Al fondo, un dulce tango de Gardel me atormenta el corazón, el sonido del tabaco quemándose en mi boca con un largo jalón que me marea.

Las ideas se agolpan en mi mente cuando se detiene, un borrachín, frente a la casa, taloneando los pasos pero sin soltar la botella, me mira y parece que viera un fantasma que lo siguió por toda la ciudad de parranda, agacha la cabeza y continúa su camino.

Estoy cansado de mi y de todos, y la verdad no sé cuantas miles de veces he dicho esto, miles y miles de odios encarnizados contra ellos, los poderosos; miles y miles de lágrimas por ellas, las escogidas y miles y miles de humillaciones por ellos, los sabios.

A veces pienso que todo acabará para siempre, de un tajo, como cortado por un destino funesto, por un destino inexorable para mí, pero, por desgracia, recuerdo que yo no creo en el destino y la verdad, moriré por mi propia causa.

El tic-tac del reloj, me dice que ya es hora de ir a dormir, si, donde los sueños me llevan por paraísos maravillosos, buena gente y lindos paisajes, montañas infinitas que forjan cordilleras que dividen el bien del mal, cordilleras y pastos largos, ¡Cuánto amo los pastos largos!, su olor a rocío matinal, me provoca llorar tremendamente, llorar para desatar mi nudo que me fastidia la garganta cada vez que salgo y veo la basura de esta ciudad.

En esta ciudad la niebla es eterna, lo desconocido es pedir demasiado. Todo es igual, lo mismo, mismas casas, mismo paisaje, misma basura en las calles, miles de empujones en el metro, miradas frías…

Vieja pared de mi cuarto, tú siempre has estado ahí, carteles han pasado por ti, piernas de divinas mujeres se han recargado en ti, mi espalda encontró respaldo al leer los libros en ti, amada pared, ojalá fueras ciudad.

Esta es mi confesión ante una libreta pequeña llena de palabras, de esperanza, de odio, de frustración y de dolor profundo y oscuro. Este cigarrillo se consume rápido, el rojo vivo es símbolo de mis ojos que caen poco a poco como su ceniza que se cae en el escritorio.

Las risas acechan mis oídos, las contradicciones me consumen el interior, ellas vuelven en caras diversas a torturarme el corazón. Los recuerdos de los sonidos pasados ya parecen querer partir. La luna diversa en funciones ante el hombre ya me es indiferente, hoy, brilla majestuosa, su luz ilumina mi frente y desaparece de aquí…”no lo vale” ha de decir…

Viejo Gardel, vieja pared del arrabal, tonos leves, explosiones de voz, tonos mesurados en el dolor, y tonos violentos en la rabia. Ja ja ja, “debemos ser así, ¿verdad hermano?”

Cuatro y media de la madrugada, destellos de nuevo día, luces se encienden en el barrio, esa gente molesta va a trabajar, yo, ciertamente, voy a morir…
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