lunes, 14 de diciembre de 2009

Yo quiero un dulce cigarrillo de sus blancas manos.

14 de diciembre del 2009.


Espantado de todo, me refugio en ti.
Tengo fe en el mejoramiento humano,
en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas,
diles que te amo demasiado para profanarte así.
Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos.
Con esos arreos de gala te me has aparecido.
Cuando he cesado de verte de una forma,
he cesado de pintarte.
Esos riachuelos han pasado por mi corazón.
José Martí.

Siempre he creído que las caminatas nos sirven para reflexionar. Claro, sin que se nos presente un calor tremendo y surja ese molesto sudor que empape tu frente y haga que todo paso sea una verdadera pesadez. Creo que el clima perfecto es el frío moderado y, si se puede pedir demasiado, caminando después de la lluvia. Porque siento que es como si el agua nos pusiera una alfombra natural que hace flotar nuestros pies y hace menos la fricción al caminar.

Hoy recuerdo tu pregunta recién, ¿recuerdas? Sí, sobre si ya estaba enamorado de ella. ¿Que por qué recuerdo esa pregunta? Pues porque he estado pensándole una respuesta. Y no es que sea difícil responderme eso, lo difícil es, ciertamente, las medidas que debería tomar si es que en verdad lo estoy.

Si decides seguir escuchando más acerca de ella, intentaré describírtela con más precisión. Quisiera poder narrar el sentimiento enorme que ella ha provocado en mi, pero por desgracia mis palabras son tan limitadas y tan simples, que no lograría acercarme un poco más a la descripción de la anterior carta, que por cierto, he de confesarte, me costó mucho trabajo. Pero aún así lo intentare, ella lo vale.

Primero quisiera contarte acerca del recuerdo que tengo todavía muy presente sobre el día que la conocí. Esa temporada, que está pronto por cumplir ya un año, fue un dolor profundo en mi familia. Nos cayó una de esas pérdidas que no se perdonan a ningún dios. Uno de esos dolores que solo les llega a la gente como nosotros. Pero este no es lugar para contarte de dolores reales y certeros. Sino para mostrar la enorme alegría que me hace sentir cada vez que la veo venir mirándome fijamente a los ojos.

Sabes, del día que la conocí recuerdo que ella estaba recargada en la pared mirándome fijamente aquel día que llegué por primera vez a ese lugar. Recibí unos papeles suyos y, de inmediato, pasó de largo frente a mí. Poco a poco y día a día la fui conociendo. Supe de su carácter y sus desplantes de digna soberbia que tanto hacen falta hoy a la gente, y que ella, tan bien, sigue manejando ahora que estamos juntos. Inmediatamente noté que era muy diferente a las demás, por no decir superior. Es de esas personas que llaman la atención desde el primer momento que tu mirada las enfoca. En estos tiempos sé que eso no importa, sino más bien, qué tan fácil te seria poder tener un contacto más cercano y fácil para llegar a la intimidad. Pero eso no importa para mí. Yo solo, desde el primer día, la he querido leer de pies a cabeza.

Ahora ha pasado tanto tiempo, y su mirada es más profunda cuando me ve. Mi reflejo en sus ojos me dice que vamos por buen camino. Creo que lo demuestra mi felicidad al verla como toma, por ejemplo, un cigarro con sus manos blancas y lo lleva hacia su boca lentamente con su mirada fija en algún aspecto de nuestro alrededor. Sabes, me encanta abrazarla fuertemente porque al regresar a casa su olor se queda impregnado en mis brazos y antebrazos y al irme a descansar regresa ese olor que me alienta a dormir tranquilamente en la habitación oscura que un día compartimos exhaustos.

El sol y la frente de su blanca cara crean una resplandor que muy pocos lograrían descifrar. Es una de esas incógnitas que si no eres observador, jamás notarias. Afortunadamente tengo la suerte de notar ese tipo de cosas.

¿Quieres que te describa un poco más? Pero espera, necesito uno de esos cafés negros que empapan el alma para cocinarla lentamente con los latidos del corazón y el ir y venir del aire que atascan los pulmones malgastados. Un café negro y un cigarrillo frente a este ordenador. Un silencio inhóspito que se nos regala a las dos de la madrugada. Yo siempre he creído que del silencio surgen las mejores palabras.

Y con las palabras podemos escribir los bellos recuerdos. Esos bellos recuerdos que nos traen sensaciones y pulsaciones que hacen temblar los párpados cuando tus ojos están cerrados y estas recargado en algún lugar con los brazos extendidos y como flotando en el aire.

Yo recuerdo que el día de mi cumpleaños al caminar yo y ella pudimos ver una hermosa luna saliendo por el oriente al esfumarse la luz de la tarde. Tengo hermosas sensaciones a su lado. Hoy, en este invierno que nos ha traicionado por no traernos esos fríos exquisitos, he hecho una promesa relacionada con ella. ¿Quieres que te la cuente? ¿Prometes no reírte ni burlarte?

Está bien. En la próxima carta te la diré.
Publicar un comentario