viernes, 8 de octubre de 2010

Y entonces aprendimos a escucha entre las olas del mar...

Y entonces caminamos por largos periodos a través de mundos desconocidos rodeados de gritos y gemidos de seres atrapados en las inmensidades del olvido. Sus siluetas se disolvían cuando les ponías un poco de atención. El olor que despedían atascaba espantosamente el olfato y provocaba un vomito fugaz.

Por esto, el paso debía ser bien planeado, sin mirar a los lados y situándonos como una neblina espesa y trémula que se disolviera en el mínimo intento de sobresalir de la generalidad.

Eso intentamos sinceramente, los pasos pasos no eran y las respiraciones respiraciones no eran. No pudimos ser apariencias, ni fingir actitudes, malos actores de una obra con infinidad de máscaras sin expresiones gráficas ni tangibles.

Y entonces aprendimos a escucha entre las olas del mar. La espuma salada chocaba con gemidos y se volvían uno al toparse cara a cara ferozmente. Ahora sabemos distinguir elemento y pasión. ¿Pero acaso eso sirve de algo?

Esos temblores que sacuden ciudades enteras son creados por los gritos, los gritos de miles de años de dolor, de rabia irremediable de esos seres extraños para nosotros. Sombras, cacareos y disfraces.

Ya no llueve en las entrañas. Esas vísceras están tan secas que crujen al andar. Se desmoronan rápidamente al correr para escapar de máquina asesina de hígados y pulmones. Esa máquina que refresca y calma el ansia. Consume poco a poco y otorga una libertad plena. Dependiente de la libertad. Un arma en la cabeza disparada por el mismo instinto de vivir.

La tormenta es un recuerdo que sólo la tierra puede extrañar. Nosotros, en cambio, nos percatamos, la medimos, pesamos, inspeccionamos y la palpamos como si ésta no existiera en verdad. Ideas propias de imbéciles que necesitan pruebas de esa humedad que solamente ella sabe dar.

Y empezamos a pensar que el caminar es tan cansado, y que en realidad él no nos lleva a ningún nuevo lado. Pisar pisos pasados parece tan aburrido y cotidiano. Es hora de renunciar a morir, y lograr sacudir corazones recién paridos de la razón.

Desaparezcamos dejando un rastro fácil de seguir. Un rastro de miles de brechas. Una idea fácil de moldear y actualizar. Aquellos que reniegan de la muerte son Hidalgos, valientes y muertos irónicamente al final. Nacieron con una daga en brazo y la acercaron conscientemente a la yugular que da muerte fina, la muerte nihilista.
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