sábado, 24 de abril de 2010

La primera vez que la toqué, ni siquiera había nacido.

Aquel que es capaz de algo y muere sin que le haya llegado su hora, muere en calma, que en alguna parte le llegará. Y si no llega, bien está; que ya es bastante grande el que es capaz de serlo.

Cuando llegó la noticia, fue nuestro fin.
De esa tarde no recuerdo mucho, parecía de esas de tantas en las que el sufrimiento nos llegó a todos. Pero esta fue diferente, fue su fin y en inicio del nuestro.

Ella desapareció, exactamente igual que como había llegado: rodeada de papá y mamá.

La primera vez que la toqué, ni siquiera había nacido. El calor del vientre de su madre me impresionó. El cariño y la expectativa de su llegada nos tenían a todos entusiasmados.

Su último tiempo fue dolor y frustración. Era fuerte, pero eso le fue demasiado. Resistió hasta que, con la venia de sus papás, salió volando lentamente de esa habitación.


Todos pensamos en ella. El dolor me hizo gritar, llorar y despreciar aún más al imbécil que ordenó su partida. La venganza de nosotros le llegará algún día a no sé dónde, pero si sé que será cuando menos se la espere. Esto lo juré en aquel lugar, mientras me mordía los labios al pisar su suelo.

Mis noches terribles de dolor han sido transformadas en sonrisas con llanto en los ojos. Aún tengo esos dibujos frente a mí. Los colores son tonos musicales que la seguirán por allá, por donde no conozco, ni absolutamente nadie de aquí, aunque digan lo contrario.

Todo tiene un fin, pero el de ella es, apenas, el inicio de algo grande.
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