martes, 6 de abril de 2010

Recorría yo funestos recuerdos familiares.


No digas tu verdad ni al más amado,
no demuestres temor ni al más temido,
no creas que jamás te hayan querido
por más besos de amor que te hayan dado.
Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte).


06 de abril del 2010.

Recorría yo funestos recuerdos familiares cuando súbitamente agarré mis cosas y decidí desaparecer del trabajo. Caminé unos metros y compré dos cajetillas de cigarros. Esperé sentado en la parada del bus. Las caras extrañas recorrían mi cuerpo con un deseo de buscar algo dentro de mí que yo, lo juro, jamás les otorgaría. Las sombras citadinas se empujan unas a otras a la vez que tienden trampas idiotas a las incautas presas.

Tu aliento sigue susurrando mis oídos, tus pechos siguen saciando mi recuerdo. Tú has escrito un poema que yo no he leído. Tus ojos me siguen atormentando como una pesadilla en la niñez. Los susurros del viento tocando mi cara me indican una dulce espera a tu regreso. En el bus las distancias se acortan y logras huir del pasado. El bus maneja una carrera frenética e impulsiva por las grandes avenidas de la calurosa cuidad de los palacios. Usurpadora de libros y corazones, te gritan mis antiguos. Devuélvele lo que afanosamente le robaste de una tajada. ¡Dónde están tus viejos, para defenderte? ¿Dónde debemos buscarlos para acabar, de nuevo, con ellos?


Esto te grita las voces en el fondo de las calles, en el auto y en diversos lugares que te topas a tus pasos. Futuros inciertos confunden mi mente y me hacen llorar ¡Qué ya no me inunden más, pues saltos al pasado suelo dar!

La cabeza se harta de los recuerdos y del terrible dolor que me producen. Los pasos de los pasados ya no me satisfacen más, me cansa ser tan simple, tan igual a mis contemporáneos y tan diferente a los pasados.

Los comunes se pasean por las ciudades sin darse cuenta de las gentes que antaño las transitaron y que sus voces son ahogadas en el estupor propio de las metrópolis. En cambio, hay gentes que hacen lo mismo con la gran excepción de que ellos les tienden la mano a estos seres del pasado y los invitan a que cuenten sus vidas para imaginarlas y verlas a través de nuestros ojos y así dejar evidencia, en un futuro, de que existieron.

Creo que he llegado, sí, estoy aquí, frente a esa estatua majestuoso de mi maestro. Me postro a sus pies y me desvanezco en la briza, desaparezco en el susurro trémulo de una mañana en un mundo que ni siquiera me conoció en realidad.
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