lunes, 26 de mayo de 2014

El hombre de la montaña crea un imperio de almas por miedo a la soledad... (Historia de un Montaraz)

25 de octubre de 2011 a la(s) 22:08

BORRADOR:

Esta es la historia de un Montaraz. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿qué diablos es un montaraz? Pues, ni más ni menos, es lo que se conoce como un guardabosques, pero en este caso cuida del monte o la montaña. Son personas solitarias que hacen traslados de horas para vigilar y que conocen muy bien estas zonas recónditas. Muy extraña vez se topan con personas. Por esto, suelen formar una familia y llevársela a vivir con ellos para no convertirse en ermitaños peligrosos.

Debo confesar que hace mucho tiempo que tengo ganas de escribir algo sobre lo hermoso de la montaña y a la vez, de lo triste de la soledad. ¿O será al revés?
En realidad, yo no sé lo qué es la soledad, y parecería poco ético hablarla sin conocerla. Pero tal vez por eso tengo la obligación de hacerlo. Los solitarios la conocen tanto que no es nada importante comentarla. Para mi es extraña y por eso lo haré.

Una historia digna de un montaraz debe de ser acompañada, sin duda, de una cita clásica del romanticismo decimonónico. O si no se conoce de esto último, por lo menos de una imagen que represente un paisaje amplio forjado de brochas utópicas multicolor.

Parece tarea fácil, pero no lo es, no señor. Debemos tener cuidado de no caer en la cursilería simplona, como seguramente ya hemos caído en algún momento o, en mi caso, infinidad de veces.

Veamos:
Este montaraz serrano, es un hombre común del centro de la república. Mira al cielo y ve caballos y ardillas en las nubes blancas que no tienen forma para nosotros, que al verlas, tememos una llovizna sin paraguas y con tráfico en exceso.

Su vida era tan normal hasta que llegó el día en que ella no regresó más.

Aquí empieza este breve relato...

La noticia pareciera que no lo inmutó. Apagó su cigarro con la punta de la bota llena de lodo, dio media vuelta y desapareció en la bruma mañanera de la sierra de Puebla. Nadie más lo volvió a ver, tal vez porque nunca se dejó o porque en realidad no había ya nadie interesado en saber noticias de un patético hombre que la mejor hazaña de su vida fue el haber llegado a la edad de 30 años sin morir de hambre.
El dolor de haber perdido a su amada, tras caer su autobús en una enorme barranca que en el fondo tenía una cañada y un pequeño río escondido de todos, le fue terriblemente insoportable, pero se tragó su dolor en el fondo de su ser. Las mañanas sin ella le eran tan eternas que las pasaba completas buscando leña mientas miraba la enorme diversidad de mariposas y árboles que escalar algún otro día insoportable de estar vivo.


¿Hijos? No.
Las pláticas acerca de este tema él las esquivaba como las miradas que cruzas al ver a alguien que te gusta y te da pena que caiga en cuenta de ello. Antes de morir trágicamente, su mujer quería embarazarse  porque, según le contó una comadrona, las casadas que no se embarazan son mujeres fracasadas. Ella solía esperarlo en casa, al regresar de la montaña, con poco ropa para que la viera y la tomara. Sin embargo él no actuaba en consecuencia.
¿Por qué? Porque estaba obsesionado con continuar desenterrando antiguos edificios en la punta de la sierra. Un día despertó allí después de una borrachera que se puso con unos viejos líderes indígenas. Él creyó que los viejos dioses de los antiguos habitante lo habían conducido hasta allí en plena borrachera. Se sintió el elegido. Al otro día, ya hidratado, llegó allí con una pala y se fijó la tarea de sacar todo a la luz acomodando piedra por piedra y rearmando las innumerables grecas.

Un día un hombre logró llegar hasta su inaccesible choza en la punta de la sierra. Se encontraron cara a cara y le dijo...

(Después seguimos)


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