sábado, 17 de mayo de 2014

Un atardecer frente al sol de la ciudad.


Una vez Ricardo, poco antes de morir, me dijo que todos tenemos monstruos que invaden nuestras mentes. Decía que los hay mansos como cachorros que son fácilmente domables con la edad y el apoyo de los seres queridos. Pero que los hay también brutales en el trato, que destruyen a las personas desde dentro provocándoles pesadez y una tristeza eterna como las noches en la playa. 

Te dejan mudo ante el regaño humillante del patrón y te quitan la palabra precisa ante la mujer amada. Son como piquetes constantes en el cráneo mientras intentas ver más allá. Se alimentan de tu imaginación y se aprovechan para tu mal de todos los libros que has leído. Básicamente te sabotean la vida porque simplemente odian ser parte tuya. 

Desgraciadamente Ricardo los tuvo y una mañana de noviembre, frente al sol del sur de la ciudad, se cortó la garganta para obligarlos a salir de él.
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